Aunque no esté de moda el existencialismo y menos aún el arte por el arte, existe una generación de autores que desde la revisión personal de los orígenes de la abstracción sitúan el sentir de la pintura en una posición de relevancia en los escaparates del arte.
Uno de esos pintores es Pablo Noguera. Constancia, sinceridad y tradición son tres principios fundamentales en la presentación de este pintor, que vive la pintura desde una profunda convicción de trabajo e investigación, más allá de otros factores y ruidos que contaminan las verdaderas vocaciones. Y para no enturbiarse en su amplio universo de referencias prefiere ahondar en la esencia de las cosas más que en las interpretaciones hechas por otros. Y digo esto porque sus manchas son más deudoras del conocimiento exacto del origen y formación de los pigmentos que de los trazos de Pollock o Sorolla, pintores a los que admira y que residen en su paleta y en su retina. Y es que la tradición, entendida como cocina pictórica se respira en su estudio: en los volúmenes de su biblioteca, en la atmósfera, en los pigmentos en polvo, en las lacas y colas para elaborar de forma artesanal el color, como si en ese proceso manual consiguiera una mayor fusión de sí mismo con la materia, y ser así mucho más sincero.
Desde esas premisas Noguera realiza su peculiar viaje de descubrimientos a partir de los recursos que la modernidad a puesto a su disposición como un valioso legado que el artista ejecuta con total libertad y responsabilidad creativa. Así pues su accionismo, su movimiento gestual no es un espectáculo performativo sino la consecuencia de una lógica en la aplicación del azar controlado que sitúa al artista entre el automatismo y la racionalidad. Y es que no es pintor desenfrenado que se entregue al trance de plasmar paisajes telúricos de su alma, si que se sitúa en el justo medio de ambos polos y entiende la pintura como proceso gestual y racional para explorar libremente la Naturaleza. Y decimos Naturaleza y no realidad porque su indagación abstracta tiende a la esencia de las cosas y, si asumimos como cierta una remota referencia ésta debe ser a los elementos básicos, agua, aire, fuego y tierra y a los sentimientos primarios que de ellos se derivan: calor, humedad, frío, pasión, alegría… Estas impresiones vienen reforzadas por la intensidad de sus gestos que nos pueden expresar una fuerza expansiva, centrífuga o centrípeta, a partir de las diversas técnicas de aplicación del pigmento como el dripping o goteo, pouring o chorretón, y otros procedimientos derivados del action painting.
Pero más allá de las formas de ejecución que hacen de la superficie pictórica una realidad orográfica de capas y capas de pigmentos, de estratos, materias y texturas, la pintura de Noguera destaca por el meticuloso estudio del color que casi como hicieran en su tiempo las pinturas monócromas de Yves Klein, consigue comunicar sensaciones y ciertos estados del alma a partir de gamas de una misma tonalidad, pero sin increpar al espectador de cómo debe ser o comportarse. (Recordemos que el lema es siempre la libertad: de ejecución, de percepción y de interpretación).
La última de sus libertades nos lleva a La Rioja, donde la fusión de la abstracción nos lleva a un mundo de sensaciones, sabores y colores del vino y de su tierra. Un sabio maridaje que ha supuesto un reto para el artista al dotar de un nuevo contexto a su obra que cada día adquiere una mayor identidad en el contexto del arte actual.
BODEGAS RIOJANAS (Junio - Julio 2010) PABLO NOGUERA. Lenguaje abstracto del vino y la viña (mas info en www.pablonoguera.com)