Subiendo las escaleras de la explanada del IVAM observo a un grupo de personas con el cuello estirado, cubriéndose del sol con la mano a modo de visera y atentos a lo que ocurre en la azotea. Allí arriba hay un tipo asomando. Una de dos, o bien es un operario trabajando o bien un sujeto a punto de cometer una locura. La crisis, pienso. Hay algo raro en el operario/suicida. Es de color blanco, pero no por caucásico sino absolutamente blanco, blancos sus pantalones y blancos tubos de neón sobre su hombro.
En la explanada advierto otro tipo blanco-blanco. Éste escupe a borbotones un abundante chorro de agua contra la pared del museo. Me acerco y leo en la cartela algo así como “fuente. Homenaje a Bruce Nauman.” Otro texto avisa de la escultura de la azotea. Bernardí Roig! Exclamo aliviado. Excitado también.
Shadows must dance es la exposición del artista mallorquí que continúa en el interior. Allí se suceden unas 25 instalaciones que bailan entre la amabilidad del blanco y el agobio (oh paradoja!) de los espacios amplios. Son instalaciones que mezclan lo escultórico con lo dibujístico y lo sonoro y que consiguen una fuerte implicación del espectador, obligado voyeur y sobresaltado las más veces.
Prácticamente todas sus esculturas presentan tipos calvos de mediana edad (tengo entendido que son calcos de su padre y de un crítico de arte amigo) hiperrealistas, monocromos, con los ojos cerrados y siempre acompañados de esos inquietantes tubos de neón. Jugando con los espacios, los recovecos de la sala y las colocaciones poco ortodoxas. Una luz molesta, cegadora, como la ceguera blanca del maestro Borges. Una luz no pensada para iluminar sino para incordiar, para remover algo en nosotros y hacernos sentir solos, aislados, incomunicados.
La ceguera. Los ojos cerrados, la luz que lo invade todo. De tan aséptico, de tan quirofanesco resulta agobiante, asfixiante aunque con un punto ascético, celestial. La sensación que provoca en el espectador redunda sobre la idea de la incomunicación, de la ceguera, del prejuicio y del deslumbramiento. Entre la crítica al aislamiento social/cultural y la voluntad de comunicación por parte de Roig.
Algunas instalaciones tienen contenido explícito (Parental Advisory) como la que muestra a Diana siendo sodomizada por Acteón acompañada de un video en el que una mujer se introduce un vidrio cortante en la vagina o aquella en la que una escultura que suda/se derrite realmente mientras observa un dibujo en el que, de nuevo, una mujer se baja las bragas.
No sé muy bien cómo, pero entre la resina de poliéster debe haber una capa de hielo o acaso el hielo es la última capa que recubre la cabeza de la escultura. Poco importa. Perfectamente se advierten las gotas resbalando por la cabeza y el torso haciéndonos sudar a nosotros adivinando sus pensamientos impuros. Con la mujer de su prójimo.
Shadows must dance. Bernardí Roig. Hasta el 31 de enero. Institut Valencià d’Art Modern (IVAM) Valencia
Más información: www.ivam.es