

Gustave Courbet, padre del Realismo moderno, hirió al Gran Arte de los Salones de París con sus ventanas abiertas a la realidad. Sus obras, de factura impecable y conscientes de la más sólida tradición pictórica buscaban provocar el escándalo entre la noble sensibilidad de académicos, críticos y público burgués de mediados del XIX. Con Entierro en Ornans o Bonjour Monsiuer Courbet la pintura exploraba el mundo cotidiano sin ninguna mediación simbólica ni exigencia temática. A partir de entonces se abría la veda para que el venerable lenguaje pictórico descendiera de sus pompas y mirara a la realidad directamente. La lucha de Courbet por conquistar el terreno de lo inmediato para el arte fue constante y decisiva. Ya nada sería como antes.
Tras ser rechazado por el jurado de selección de la Exposición Universal de París de 1855, Courbet montaba su propio pabellón, en las proximidades a las instalaciones oficiales, bajo el conciso título de “REALISMO”. En él se mostraba al público de toda Europa, llegado a París por la gran cita, unas cuarenta piezas presididas por el impresionante lienzo El estudio del pintor. Todas ellas consideradas hoy obras maestras del arte moderno exhiben en la fascinante exposición del Metropolitan de Nueva York.
Courbet, en las puertas de su pabellón alternativo, confesaba a su amigo y defensor Charles Baudelaire las sencillas motivaciones de sus revolución estética: “He querido sencillamente extraer del completo sentido de la tradición el sentir razonado e independiente de mi propia personalidad. Saber para poder, ese fue mi pensamiento. Ser capaz de reflejar las costumbres de mi época, de acuerdo con mi apreciación; ser no sólo un pintor sino también un hombre; en una palabra, hacer arte vivo, ese es mi objetivo”.
Se abría aquí la puerta del arte moderno y el pintor se convertía en un auténtico flaneur del ritmo de la ciudad, de los paisajes rurales y urbanos que dibujan el mundo contemporáneo. El ojo del artista se preocupaba por descubrir la naturaleza, salir del estudio y explorar caminos, montes y horizontes con sus bártulos pintando a plein air, al aire libre. El arte comenzó a respirar el aliento de la realidad descubriendo una nueva poética de lo cotidiano que obligaba a sus artífices a la toma directa de apuntes e impresiones con el objetivo de capturar la esencia de un momento sobre un inesperado papel o una pequeña tabla. La ciudad, transformada por el progreso se convertía en una fuente de nuevas iconografía de la vida moderna y placentera.
El realismo también descubrió el lado erótico de la vida, sin retóricas, sin mitologías y otras perversiones. "El origen del mundo" de Courbet sería el punto de llegada de un camino inciado de la desmitificación de la pintura como lenguaje sublime, abriéndole la oportunidad de explorar el mundo con el mismo afán que los positivistas y científicos, poetas y maestros de la prosa. La desmitificación supuso el nacimiento de la modernidad.