EL SILENCIO DE MIGUEL GARCÍA CANO



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SALON DE OTOÑO - MADRID

Los paisajes de García Cano requieren mirada y pensamiento; nos hablan de una Naturaleza meditada que transita por la imaginación entre poesías y técnicas de marcado purismo y perfección. De la Canción de Peiwoh a El Silencio han pasado años de trabajo intenso, de depuraciones, de lecturas y de reflexiones trabadas en la mente y en el lienzo a partir de esfuerzo y dedicación; constancia que sorprende en nuestros días por la calma con la que ejerce su investigación.

TIEMPO. El tiempo es un factor determinante en su obra, tanto en el proceso de ejecución como en el de contemplación: sus obras requieren tiempo –un valor preciado en este mundo de prisas que devora despiadado cualquier de gesto genuino-. El tiempo, la paciencia y la madurez han confirmado lo que muchos ya preveíamos cundo tuvimos el honor de conocer su serie EL SILENCIO en privado, en las visitas a su estudio en las que, con gran generosidad, nos hacía partícipe de su mundo, de sus pesquisas, de sus libros y de sus descubrimientos técnicos que desafían la mirada de los muy pintores al confundirse en sus acabados hiperrealistas con la fotografía.

Los jurados de los distintos premios que desde hace cuatro años van cosechando los paisajes de El Silencio han sabido ver en ellos una pintura compleja que configura con su negación de texturas una escenografía natural que abruma por su sencillez. 

Y es que la concepción de su pintura está marcada por un eminente sentido de la perfección e influida por el arte y pensamiento oriental. Precisamente el respeto de esta cultura hacia la experiencia de la madurez frente al ‘puede ser’ de la juventud explicaría por qué, después de muchos años de meditación y de elaboración, este arquitecto decidió presentar al gran público sus trabajos pictóricos.

Inauguraba esta prestigiosa trayectoria de reconocimientos en el 2003 con el segundo premio de la Ciutat de Algemesí al que le siguieron los primeros de la Vila de Puçol, el de “Ciudad de Mirtos” en Jaén, el de Ingearte XXI 2006 de Sevilla y el del certamen Andaluz de Pintura Contemporánea de Torremolinos, entre otras menciones honoríficas. Ahora sus paisajes imaginados, que nos remiten de una manera casi mágica a las montañas del Sur, a la Umbría, reciben su reconocimiento en el Salón de Otoño con el que impulsa un nuevo año artístico.    

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